Hoy me encuentro aquí, en este punto que parece igual siempre, hasta que uno no detiene su mirada y la deja fluir. Entonces, hacia adelante, la longitud se acorta y el fin de la línea se esfuma. Hacia atrás la línea es larga, larguísima, con un punto de inicio muy marcado y los más diversos colores, brillantes y alegres algunos, unos pocos más opacos u oscuros. Y empieza la reflexión. Típica de fines de año. Más típica aun si, justamente, eso que se visibiliza a futuro es tan breve y efímero. ¿Por qué será que no tomo conciencia de lo mucho que he vivido, amado, gozado, sufrido, logrado, fracasado... hasta que no llega este tiempo? Pero no es con tristeza, no... ¡Para nada! Es con sabiduría. Esa que te dan las experiencias, los golpes, los mimos, las desilusiones, los abrazos, las presencias, las ausencias... todo. Porque hoy no me pregunto por qué; tampoco me pregunto para qué. Simplemente tomo lo que sucede como eso que es, una secuencia de momentos que me ocurren a mí, como a todos. ¿Nostalgia? Y sí... a veces... Es humano. ¿o no? ¿Recuerdos? ¡Muchos! Pero afortunadamente la mía es una memoria selectiva. Y mi trabajo (hasta hoy), mis hijos, mis nietos, mis afectos... ¡Todo suma a mi plenitud! No me asusta esa brevedad hacia adelante. Tampoco me pesa esa gran extensión hacia atrás. Mientras estén conmigo quienes de verdad deseen estarlo, es lo que suma y enaltece mil hoy. Sólo pondría un deseo en la cartita al Niño Dios: llegar a ver la Argentina de pie, como lo merecemos. ¡Felices Fiestas!
María Estela López Chehín
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